140312

Me has traído una alegría que siembra miedos sobre mi piel. El recuerdo de tu voz no me alcanzaba para sentir miedo al desastre, todo era escombro y sombra sin ti, con el color de tu piel invocándolo todo no hay más paz que la que está junto a tu boca. Con las ganas de que las tardes del miércoles no lleguen a convertirse en noches, pienso en lo que me has regalado entre flores: puedo ver en la caja de mis tesoros tus gestos, un poco del sinrazón de tus dedos que me juegan el vaivén del cabello y una pizca del afán que guardo en tu costado y que me robo cuando no me miras (caso aparte es lo mucho que odio que no me mires). 

Mis días se han llenado con tus ritos y en la costumbre de una cercanía que no me basta he querido no encontrar los demonios de nuestros atrás. Ok, lo sé, mi paranoia es infinita pero después de casi ahogar el barco un par de veces uno gana el derecho de ser suspicaz hasta con las goteras más ínfimas. Descanso en los desayunos que se van en las pláticas de dónde y cómo encontrarte. Me guardo en las bolsas los llantos muy pequeños que se me escapan cuando durante el almuerzo preveemos que no vernos es lo que funciona. He llegado a descubrir que antes de la comida ya no sabe nada más que no sea tu piel y leo entre líneas un cierto hastío que temo sembrar con mis desvaríos, los leo y releo a la hora del té, con un café en la mano y meditando en mi mano el sabor de tu sexo.

Entre la cena y el obligado insomnio procrastinador, decido una probadita de la independencia que aprendí sin ti y la saboreo con la certeza de q no me matará y de que puede aliviar un par de dolores menores.

Amanezco para pensar que no quiero ni lavarme los dientes pues no hay nada como besarte en ayunas.

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