Cronos devora a su hijo en la posmodernidad.

Cuando sentí su peso en mis manos, pensé: esto deben sentir las comadronas cuando reciben a los recién nacidos. Con una mano sujeté su peso, con la otra lo despojé de su molde caliente. No era perfecto pero a la vez lo era. No era inmaculado y a la vez lo era. Lo acuné tan sólo en segundo, la gula me invadió de inmediato. Busqué la herramienta exacta, recordé la queja de mi marido en la cabeza: no uses otro cuchi11o, el grande de los dientes anchos, sin tanto detalle en el filo. 


Lo descansé sobre la mesa, ansiosa lo palpé aunque sabía que iba a por la tapa. Acaricié su tersa corteza con una mano y sentí el vapor que escapaba de sus poros ante la presión de mis dedos. 

Ya sabía que no era un corte limpio, de tajo. Reconocía la infinita repetición de la rutina, no tanto, tampoco. Probablemente una vez a la semana, tal vez una vez cada dos. 

Pensé de nuevo en el recién nacido y desalojé la idea sin culpa y sin pensar.  La primera mordida fue gloria bendita. Me rehuso a resistirme nunca a la tentación del pan recién hecho. 

26vii25

Al verla, se me revolvió el estómago, perdí el aire en un segundo.
La supe certera, como un perro que huele el miedo y se le eriza el cogote y se le atraganta la columna y se le descompone el paso .

Fue como encontrar mil escalones en la oscuridad. Un paso que cae detrás de otro, todos a la vez ahí, en la luz. 

Un golpe de realidad.

Una aparición del más acá más lejano.

Ahí estaba ella, con todos los defectos que le hubiera querido encontrar. Con todas las virtudes que le pude temer.

El miedo me golpeó: con la contundencia de sus piernas blancas, con la incredulidad de una cadera admirable, con la crueldad de una sensualidad que nunca he podido ni fingir.

Me volví torpe y absurda en un minuto. Me torné deforme en un tirón. Con las curvas chuecas, la sonrisa ridícula. Me sentí infantil y derrotada ante su exuberancia.

Ella exudaba la infalibilidad de su fama y de la evidencia. 

Me aterrorizaron las certezas adivinadas: su mohín en el sexo, su culo en sus manos, las piernas bien abiertas mientras él la penetraba. Lo vi como se ve un fantasma: cogiéndosela con furia, con ansias, enloquecido con su cuerpo.

Fue un segundo. Aún ante mi huída, triunfó el imaginario.

Los detalles, trotando, me rebasaron a pesar del escape disimulado. Me perseguían y acorralaban por más que me agitaba. Se la habría cogido una sola vez como a mí me habrá hecho millones. Una vez en la que le besaría los senos con las manos tensas, que le cogería el culo con fuerza e instinto, que le mordería los muslos. Ella habría gritado, imposible otra posibilidad. Se habría retorcido con la columna erizada por su erección como tantas veces yo lo he hecho. Tendría que ser así, ella habría gemido, enloquecido y él habrá saboreado su sexo, hundido su boca, saboreado la humedad de su excitación, él habrá enloquecido con su culo, no hay duda. 

Los sentí. La vi y lo supe, la sentí retorciéndose, con las piernas enloquecidas por las cogidas, entumidad por cada orgasmo, ahogada en gritos y sudor y su boca hurgando el cuello, sus tetas, su espalda. 

Traía la espalda descubierta. Era blanca, muy blanca. Era blanca y eterna, no había fin en la curva de su espalda a las piernas. Le habría mordido las nalgas, deshecho las piernas, la habrá métido los dedos. Se la habrá cogido con furia y esmero. 

Todo era certeza. Podía oler el sexo y la locura, los gemidos, los suspiros. Le habrá dicho obscenidades y ella le habrá masturbado hasta la locura. Lo habrá bebido cada rincón, sometido en la destreza que ni imagino.

No hay duda, ella, -ellas- le habrán cogido con la destreza de su valentía; con la maestría de las que se atreven.

Eso era, ese es mi miedo: las temo infalibles y expertas. Con la pericia de la confianza. Orgullosas en la valentía que no cede al machismo, que no se encoge para evitar el qué dirán.


Sentí la humillación de mi mojigateria, de mi puritanismo ridículo. De las ínfulas que sólo enmascaran mi torpeza. 

Me sufrí siempre extravagante, disfrazada, pueril y ridícula. Con los colores infantiles y torpes para no dejar ver la sensualidad ridícula, insulsa y encogida. 

El imaginario y la evidencia no mienten. Y yo, perfomática para no dar lástima con la locura. Inverosímil para maquillar los defectos. Me supe circo triste y decadente, roto, abandonado y frío.

Fue un segundo y me ahogo en miedo todo el mar, me hundió en la locura su aroma imaginario.

Fueron veinte pasos eternos hasta una silla.

El aire turbio tardó en llenarme los pulmones, era el mismo aire de ella: irrespirable por diez segundos. 

La razón tardó mil horas en alcanzar un poco de calma. El humo se disipó pero me mantuvo despierta. Es increíble que realmente exista. 

Es la normalidad de la realidad un martes cualquiera, pero así, real, de improviso, en sábado, casi me mata.

22V22

Mi cuerpo, con tu frío tiembla; con tu tristeza, llora.

Mis manos contigo son puente, con tu pelo bordan.

Y en las noches, sobre tu frente sueño y en tus pies se implora

que sean miles de millones de montones de horas

para nosotros dos, siempre juntos a solas; 

que vengan mil abrazos y miles de olas

de juegos de risas y de sombras 

para dormir juntitos, muy cerca con la honda

sensación de que eres tierra, lluvia tibia y amapolas

y tulipanes y claveles y lirios y rosas

y los tamaños, los colores y las caras todas

que tiene mi amor en todas sus formas.

Porque lo eres todo, hoy y a todas horas,

que mi cuerpo, con tu frío tiembla; con tu tristeza, llora.

que mis manos contigo son puente y con tu amor se desbordan.


260511

Es en momentos así cuando menos dudo. Cuando sé que eres mi peor error: un errorde fe, noble, inocente, ingenuo, torpe.

080611

Quisiera, a veces, ser poeta, poder escribirte versos, saber un poco de métrica y hacer el intento, intento por decirte estas cosas que casi siempre te niego, perder el pudor de tu sonrisa y dejar el tiempo, pensar en decirte cosas que quieras oír de nuevo, pensar en decirte cosas que sepas bien por cierto.

Quisiera, muy de repente, tener las palabras en rimas, en medidas exactas que delataran la obsesión que eres, el orden perfecto en el que a veces te acomodas, tú y tus cosas, y tu sonrisa y esas ganas de hacerme un cariño brusco que me sonroja en silencio.Obsesión que no es mía, sino del universo, que a veces se nos pone brusco y nos deja gozar el tiempo, dejar nuestros pasos en la calle para no recogerlos luego y pensar en no pensar para no perder el tiempo.

desearía tener una voz más como de ave, para encantarte en vivo, tomarte por sorpresa y acosarte con esta sincera apreciación de que eres bello, de que me llenas, de que a veces no es que faltas es que cuando no sobras eres exacto, preciso, sincero.

Si pudiera torcer el lenguaje, darte ese juego, no llenarme la boca de hielos. Con la lengua llena de flores que no siembro, te diría que te comprendo, que a veces no sólo tengo miedo.

Sería un poema erótico, lo siento, y es que cómo separarte de esos ojos negros. Un negro que no es negro ni es perverso.

y entonces pediría ese silencio, que te conozco y temo, que no doblego y te diría mira son las hojas de mi árbol seco, árbol que ayer floreció, ayer q te estaba meciendo y que hoy se ha secado para renacer luego, para verte mañana como quien nace al cielo, como quien llega de muy lejos, después de mucho tiempo.

Quisiera ser verso para que me aprendieras luego, para que me citaras de memoria para hacerme sentir feo, que olvidaras que son mis letras y no las amaras menos, las amaras por ser eso y no por comprender el juego, el juego que tanto pierdo y en el que tanto, no sé cómo, te enredo

Y si quisiera ser muda sería mi silencio, mi silencio que te mando cuando no te veo, que te niego cuando me canso y que encuentro cuando reniego, silencio que yo no hice pero que viene a mi encuentro, que he adopatado como propio para que me explique, con tiento, como es que pasa todo esto que yo no entiendo.

30XI11

Te quiero con la locura que tu me enseñaste, en esta tempestad marina que eres siempre, con estas incertidumbres de las que me alimentas, con la incansable sensación de que no sé qué hacemos, con la enfermiza alegría de tener veinte años.

Te adoro como al dios naciente que encontré hace tres años, como si fueras capricho veleidoso de mis ensueños, con la sensación de que en cualquier parpadeo podrías escurrirte entre mis dedos, con el constante afán por rendirte culto como a deidad ingrata que eres.

Me encantas como si debajo de la gorra te crecieran flores, como si de tu sonrisa brotaran manantiales, con la soberbia de poder besarte cada que quiero, con la sensación de que me llenas los labios de versos.

Te sigo como si tu palabra fuera verdad y mito, como si no fueras falible, como si no pudieras mentirme, tomándote de la mano para seguirte, con ansiedad cuando te pierdo de vista, llenando el aire de juramentos.

Te amo con estas palabras que me llenan la boca cuando te veo, que me guardo para que no las gastemos, con esta alegría que descubrimos juntos, con este riesgo de fallar de los primerizos, con esta impaciencia de los que aprenden, con este incalculable margen de error y esta sonrisa de que acierto.

y te nombro, sólo mío, egoístamente soberbia, incalculablemente ingenua, confiada en un tiempo que no domino y al que, por disciplina, ya no cuestiono.

201211

Desde esta pronta ausencia tuya, te escribo.Te anhelo con la paz de quien apenas te ha dejado ir y con la zozobra de a quien le falta más que nunca para volver sentirte. Me quedo tranquila pues te he sentido más cerca y tranquilo que nunca, a la vez siento que tengo más que perder. Son el cúmulo de sentimientos que me inspiras, como siempre nadie mejor que tú para inspirarme.
Ante el día uno me rindo ante la mi incapacidad para resistirme a invocarte. Me lleno los oídos con las canciones que a tu lado ya alucinaba, medito la posibilidad de buscar las aventuras épicas que no nos dio tiempo de ver y te menciono como quien piensa que con la voz te llama.
Es pronto para deseperar, quizá... quizá es que te quiero tanto que no hay más que esperar.