Al verla, se me revolvió el estómago, perdí el aire en un segundo.
La supe certera, como un perro que huele el miedo y se le eriza el cogote y se le atraganta la columna y se le descompone el paso .
Fue como encontrar mil escalones en la oscuridad. Un paso que cae detrás de otro, todos a la vez ahí, en la luz.
Un golpe de realidad.
Una aparición del más acá más lejano.
Ahí estaba ella, con todos los defectos que le hubiera querido encontrar. Con todas las virtudes que le pude temer.
El miedo me golpeó: con la contundencia de sus piernas blancas, con la incredulidad de una cadera admirable, con la crueldad de una sensualidad que nunca he podido ni fingir.
Me volví torpe y absurda en un minuto. Me torné deforme en un tirón. Con las curvas chuecas, la sonrisa ridícula. Me sentí infantil y derrotada ante su exuberancia.
Ella exudaba la infalibilidad de su fama y de la evidencia.
Me aterrorizaron las certezas adivinadas: su mohín en el sexo, su culo en sus manos, las piernas bien abiertas mientras él la penetraba. Lo vi como se ve un fantasma: cogiéndosela con furia, con ansias, enloquecido con su cuerpo.
Fue un segundo. Aún ante mi huída, triunfó el imaginario.
Los detalles, trotando, me rebasaron a pesar del escape disimulado. Me perseguían y acorralaban por más que me agitaba. Se la habría cogido una sola vez como a mí me habrá hecho millones. Una vez en la que le besaría los senos con las manos tensas, que le cogería el culo con fuerza e instinto, que le mordería los muslos. Ella habría gritado, imposible otra posibilidad. Se habría retorcido con la columna erizada por su erección como tantas veces yo lo he hecho. Tendría que ser así, ella habría gemido, enloquecido y él habrá saboreado su sexo, hundido su boca, saboreado la humedad de su excitación, él habrá enloquecido con su culo, no hay duda.
Los sentí. La vi y lo supe, la sentí retorciéndose, con las piernas enloquecidas por las cogidas, entumidad por cada orgasmo, ahogada en gritos y sudor y su boca hurgando el cuello, sus tetas, su espalda.
Traía la espalda descubierta. Era blanca, muy blanca. Era blanca y eterna, no había fin en la curva de su espalda a las piernas. Le habría mordido las nalgas, deshecho las piernas, la habrá métido los dedos. Se la habrá cogido con furia y esmero.
Todo era certeza. Podía oler el sexo y la locura, los gemidos, los suspiros. Le habrá dicho obscenidades y ella le habrá masturbado hasta la locura. Lo habrá bebido cada rincón, sometido en la destreza que ni imagino.
No hay duda, ella, -ellas- le habrán cogido con la destreza de su valentía; con la maestría de las que se atreven.
Eso era, ese es mi miedo: las temo infalibles y expertas. Con la pericia de la confianza. Orgullosas en la valentía que no cede al machismo, que no se encoge para evitar el qué dirán.
Sentí la humillación de mi mojigateria, de mi puritanismo ridículo. De las ínfulas que sólo enmascaran mi torpeza.
Me sufrí siempre extravagante, disfrazada, pueril y ridícula. Con los colores infantiles y torpes para no dejar ver la sensualidad ridícula, insulsa y encogida.
El imaginario y la evidencia no mienten. Y yo, perfomática para no dar lástima con la locura. Inverosímil para maquillar los defectos. Me supe circo triste y decadente, roto, abandonado y frío.
Fue un segundo y me ahogo en miedo todo el mar, me hundió en la locura su aroma imaginario.
Fueron veinte pasos eternos hasta una silla.
El aire turbio tardó en llenarme los pulmones, era el mismo aire de ella: irrespirable por diez segundos.
La razón tardó mil horas en alcanzar un poco de calma. El humo se disipó pero me mantuvo despierta. Es increíble que realmente exista.
Es la normalidad de la realidad un martes cualquiera, pero así, real, de improviso, en sábado, casi me mata.