Cronos devora a su hijo en la posmodernidad.

Cuando sentí su peso en mis manos, pensé: esto deben sentir las comadronas cuando reciben a los recién nacidos. Con una mano sujeté su peso, con la otra lo despojé de su molde caliente. No era perfecto pero a la vez lo era. No era inmaculado y a la vez lo era. Lo acuné tan sólo en segundo, la gula me invadió de inmediato. Busqué la herramienta exacta, recordé la queja de mi marido en la cabeza: no uses otro cuchi11o, el grande de los dientes anchos, sin tanto detalle en el filo. 


Lo descansé sobre la mesa, ansiosa lo palpé aunque sabía que iba a por la tapa. Acaricié su tersa corteza con una mano y sentí el vapor que escapaba de sus poros ante la presión de mis dedos. 

Ya sabía que no era un corte limpio, de tajo. Reconocía la infinita repetición de la rutina, no tanto, tampoco. Probablemente una vez a la semana, tal vez una vez cada dos. 

Pensé de nuevo en el recién nacido y desalojé la idea sin culpa y sin pensar.  La primera mordida fue gloria bendita. Me rehuso a resistirme nunca a la tentación del pan recién hecho. 

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