Te quiero con la locura que tu me enseñaste, en esta tempestad marina que eres siempre, con estas incertidumbres de las que me alimentas, con la incansable sensación de que no sé qué hacemos, con la enfermiza alegría de tener veinte años.
Te adoro como al dios naciente que encontré hace tres años, como si fueras capricho veleidoso de mis ensueños, con la sensación de que en cualquier parpadeo podrías escurrirte entre mis dedos, con el constante afán por rendirte culto como a deidad ingrata que eres.
Me encantas como si debajo de la gorra te crecieran flores, como si de tu sonrisa brotaran manantiales, con la soberbia de poder besarte cada que quiero, con la sensación de que me llenas los labios de versos.
Te sigo como si tu palabra fuera verdad y mito, como si no fueras falible, como si no pudieras mentirme, tomándote de la mano para seguirte, con ansiedad cuando te pierdo de vista, llenando el aire de juramentos.
Te amo con estas palabras que me llenan la boca cuando te veo, que me guardo para que no las gastemos, con esta alegría que descubrimos juntos, con este riesgo de fallar de los primerizos, con esta impaciencia de los que aprenden, con este incalculable margen de error y esta sonrisa de que acierto.
y te nombro, sólo mío, egoístamente soberbia, incalculablemente ingenua, confiada en un tiempo que no domino y al que, por disciplina, ya no cuestiono.
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