13 01 12
Sentí entre mis manos la posibilidad danzante de pedirte que te alejarás. Tu prepotencia, tu desdén por mis palabras acomodadas religiosamente en tu nombre, tus celos que me parecen siempre inauditos: todo llamaba a mi grito de guerra, en la garganta se me atravesaba un adiós con portazo incluido. Cómo justificar la adversidad ahora que el viento sopla de nuevo a favor. Te deseé lejos, tan lejos que no volvieras, por un momento sin tregua a consideración quise gritarte un para siempre irrevocable. Una certeza de tu testarudez me soplaba coplas del diablo al oído. Algo nacido del propio ímpetu de nuestro amor me lleno de odio. Surgieron, de las palabras, las sentencias que te condenaban, frases que se doblegan a la devoción que te guardo y que ser rebelaron en el despiadado cauce de mis frustraciones: "siempre será lo mismo, nunca cambiará" Supe, como lo sé ahora pero con sin odio, que no iba a ceder y ante la evidencia de nuestro fracaso cante derrota. Se levantó de mis entrañas el torrente de mis desvelos. El miedo montó el caballo del odio, quise jurarte lo que con suerte no he cumplido: una despedida corta que no pudieras olvidar y un largo olvido del que no pudieras despedirte. De mis labios brotaron peces malignos que envenenaran nuestras aguas nunca mansas, quise teñir con sangre tus lágrimas. Surgió de mí ese arrebato de fiera con el que te amo y se volteó en tu contra ante tu necedad. Se me rompieron las cuerdas con las que amarro mis pesadillas, fueron los monstruos de mis sueños los que solté a tropel hacia tu persona. No dejaba de pensar en tu desprecio por mis letras, tan escondidas por miedo a tu desdén y por fin desdeñadas, el viento que me susurraba sospechas de tus celos y que se cargaron de verdad con tus reproches, ese instinto por ocultarme de tus reclamos a sabiendas de que mis propios reclamos me encontraría. Lo siento, no dudé, pero lo que me da verdadero pavor no es que haya tardado en dominar mis instintos sino que la próxima vez ni siquiera pueda intentarlo.
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