Era la biblioteca central, la sala de lectura estaba inundada de luz: todo brillaba. Estabas ahí pero yo te evitaba así que giraba y entraba a unos cubículos de cristal desde donde te daba la espalda. Algo hacía que te levantaras y pasabas a mi lado, yo sentía tu mirada, giraba justo a tiempo para verte a los ojos, Me saludabas sonriente, como siempre. Seguías tu camino pero a los minutos regresabas ya con tus cosas, yo había visto todo a hurtadillas y rogaba que no fueras por mí. Entrabas al cubículo y sentía como algo se cargaba en el aire: tú, tu presencia. Sabía que no debía ceder y ser fuerte pero me había desconvencido tu sonrisa. No importaba, al afrontar de nuevo tus ojos negros veía tu propio escudo.
-Voy afuera- me informabas con autosuficiencia.
Me daban ganas de aventarte el libro de mi mano.
-Ah- añadía con calma fingida.
-Voy afuera- reiterabas con un tono un poco más insistente. Sabía que querías que te siguiera, lo veía en tus ojos orgullosos y arrogantes, lo veía ahí, asomado apenas, escondidas las ganas de verme.
-Ah- decía de nuevo, tratando de no ceder y ofrecerme a seguirte, esforzándome por no gritarle a tu vanidad y por no ser grosera.
Tú te molestabas visiblemente, por tu parte, me mirabas con reproche y tus cejas gritaban incredulidad, sin embargo, fuerte, como eres, te mantenías y sólo preguntabas: -¿te vas a quedar aquí?- Ahora sí con furia y molestia claras, explícitas.
Rascaba por fuerzas y paciencia e inocentemente afirmaba una larga tarde de lectura y trabajo. Era ahí donde todo torcía, ¡Quién me entendía, primero molestándote por teléfono para verte y ahora no quería! Siempre era así, soy una caprichosa, orgullosa, no sé ceder. Ya un poco fiera te decía que tenía mucha tarea que tú, más que nadie, debería entenderlo. Siempre era así, siempre soy así, ahora resulta que yo era la orgullosa, casi te vanagloriabas de que ya hubiéramos terminado, de que YO te hubiera terminado.
Entonces, obviamente, por fin explotaba comenzaba a responderte en gritos hechos susurros. No nos dábamos cuenta pero afuera todos huían, no éramos nosotros, algo más sucedía pero todo el edificio comenzaba a vaciarse, en algún punto de la reyerta ya sólo éramos nosotros solos entre los muebles, rodeados de luz.
Yo te había pedido, rogado, inisistido, tratado de convencer, había llamado, pedido verte, nada había servido, es momento de asumir que no quieres y respetarlo: quieres irte, pues vete, vete en serio. A mí no me metas, no tengo que verte ni acompañarte, entre menos cosas compartamos mejor, vete si es lo que quieres: yo ya lo intenté con todo y se trata de dignidad, para mí, y respeto, parra ti.
Me volvías a culpar, regresábamos al "tú me cortaste" y al "ya te pedí perdón y que regresáramos". Entonces me decías que qué seguía, te decía sin miedo que a seguir mi vida sin el miedo ni la esperanza de que regresaras, que buscaría alguien más a quien amar. Me reprochabas ya no pensar en ti.
-Todo está lleno de ti, todo, ya no te veo y he quitado tus fotos pero mantengo fiel mi culto porque tú eres el amor de mi vida, estés o no en ella, tal vez lo seas toda la vida y no renegaré de ti, estás ahí en todos esos burros que cazo, en ese béisbol que nunca atrapo, en las imágenes furtivas que aún se mantienen. Estás y estarás siempre en la música que me enseñaste y en la que quiero enseñarte, en los rezos diarios por nuestra paz y en los poemas. Te amo y eres el amor de mi vida pero tú eres más que esta tosca materia que viene a presionarme, que viene a gritarme, si no supera yo que eres más corazón que eso tal vez, pero lo sé, sé la hermosa persona que eres cuando te dejas amarme y cuando perdonas, cuando cedes, me he embriagado en la luz de tus sonrisas cuando crees y no puedo permitírtelo: tú no me lo permitiste y te lo agradezco, es lo mínimo que puedo hacer por ti. Tú estás en todas partes, hasta dentro de mí. - Señalaba mi brazo, donde está el implante que me había puesto para ti- No saldrás de mi vida así nada más por mucho que lo intentemos.
Se te encendían los ojos y la malicia te sonreía, con una voz de certeza cruel me decías que lo mejor era que podría ir a cogerme a cualquier otro, que no tenía por que entristecerme si el implante serviría igual contigo que con otro. Te arrojaba una cachetada que esquivabas, te enojabas a medias, a medias te enorgullecías de mi reacción. Te empujaba entonces.
-Vete, no eres al que amo, no quiero saber nada de ti, me da pena decir que te amo.-
Tu mirada se nublaba.
Salías, me dejabas sola en toda esa luz tan oscura.
Me sentaba y tragaba las lágrimas del coraje: no lloraría, no por ti.
Todo era grande, inmenso, todo era sin ti, todo era vacío, no había nadie más y mi libro de textos novohispanos me miraba absurdo y expectante.
Me sentaba derrotada a leer, releía las mismas páginas una y otra vez.
Se me hacía eterno pero no había pasado mucho, lo sé.
Volvías con la mirada revuelta, el cabello diferente, parecía que había pasado mucho pero volvías. Yo no cedía y te miraba con odio, odio sin disimulo, fuera el tiempo que fuera aún te odiaba.
Te acercabas y me besabas con furia con fuerza, como si quisieras herirme. Trataba de zafarme de resistirme de rehuir de tus labios pero tu fuerza y mis sentimientos me lo impedían. En mi mente brotaban preguntas ¿me pedías perdón? ¿estábamos regresando? ¿ya estaba todo solucionado? ¿era, esta vez, para siempre?
No podía más, me habías mordido los labios y palpitaban pero el dolor era dulce, me sostenías tan fuerte los brazos, sentía tus dedos clavándose. De repente ya no podía, las lágrimas eran lo primero en ceder y humedecían aquel beso prisión. Ya no eran paredes de cristal y sin embargo la luz seguía ahí, estábamos solos, encerrados, no había nadie más ahí. Cuando mis manos cedían bajaban hasta encontrarse con tu cinturón, lo desabrochaba y de inmediato lo abrochaba de nuevo, hacía un esfuerzo débil y mentiroso por alejarme.
Me tomabas aún con más fuerza pero ésta era distinta. Me sentabas en un escritorio y me separabas las piernas con tus propios muslos, sentía como hacías retroceder desconcertada a mi minifalda. Tu brazo me rodeaba por la espalda y acercaba a ti para sentir tu erección debajo de mi ropa interior ya húmeda, tu otra mano me sujetaba del cuello para evitar que volteara, tenía más miedo que antes pero sentía la palpitación de tu pantalón y no podía hacer nada, estaba totalmente paralizada. Te soltabas el pantalón y hacías mi ropa a un lado, tu penetración me erizaba la espalda, me retorcía en un agónico mohín y tú me jalabas con ambas manos, me embestías una y otra vez.
Era un orgasmo rápido y demasiado intenso, me dejaba más vulnerable y temerosa que antes, rehuía de tu mirada pero me tomabas con ambas manos y me besabas de nuevo pero ahora era un apenas un roce suave, tan temeroso como yo, me obligabas a mirarte a los ojos y sonreías amargamente, me acunabas y me protegías con tus manos.
No sé cómo pero sabía que todo estaría bien.
31212
No hay comentarios:
Publicar un comentario