131213

Tenía que dar una gran función en un auditorio, no había sonido y las fallas técnicas resultaban no ser más que las condiciones de una apuesta que ganaba sin saberlo. Al salir íbamos todos a una reunión en un departamento en el mismo edificio donde vivías sólo con el Gibrán. Llegaban ahí unas cuantas personas, algunas conocidas y otras no. Habían pasado varios años, yo tenía el cabello muy largo, tu look era más serio que de costumbre. No me sorprendía verte aunque me incomodaba un poco. Todos comenzaban a hablar de sexo, mucho sexo sin amor, sin ataduras, sin ganas de intimar. La conversación era cada vez más sórdida y me empezaba a incomodar pues nuestras miradas se cruzaban, hablar de sexo nos hacía pensar (juntos, en la misma habitación) en el sexo que nosotros teníamos, tan alejado de todo eso de lo que ellos hablaban. Nos mirábamos con deseo y lujuria en la mirada, con un poco de rencor, de resentimiento. Pensábamos en ese sexo y, como lo sabíamos, pronto decidí moverme. Me despedía y tu te alejabas un poco para obligarme a seguirte para despedirme. Te alcanzaba en la habitación contigua que conectaba con tu sala. -¿Ya te vas?- Preguntando como si me pidieras quedarme. Contestaba que sí y en eso entraba Gibrán y me invitaba con entusiasmo a quedarme, a realizar alguna de esas actividades caseras e íntimas de noche de diciembre. Yo le meditaba mientras él salía de la habitación. -Quédate- ordenabas y te me acercabas amenazante. Yo no te tenía miedo pero retrocedía dudosa. -Te quiero, pero podemos coger sin amor si quieres- mientras se te asomaba la ternura en los ojos y en los ademanes. Me acariciabas la cara y el cabello, me besabas tan dulcemente los hombros y el cuello. -Quédate- casi rogabas. -Te quiero-

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