He despertado un día para descubrir que ya no te amo. Y no es tanto que se me haya terminado esta fuerza de río perdido sino que ya no puedo: ya no eres el hombre que amo, que amé.
Desperté con una tristeza como de velorio pasado, como de tormenta caída, sonriendo para no llorar. Pensé que no llamarías, que no me buscarías. Pensé en los plazos inútiles con los que he evadido tu olvido y en las esperanzas de que seas luz y no negro de luto. Pensé en todo lo que esperaba desde hace tanto tiempo y me di cuenta de que los esperaba por terquedad de primeriza.
Quise ser fuerza y viento frío, quise ser certeza y paciencia, quise que fueras el hombre con el que sueño, el que dejé. Pero no, no lo eres ni lo seras y así ¿cómo puedo amarte?
No puedo, sencillamente no puedo amarte en tu infinito miedo, en tu necedad, en tu distancia obligada y en tu desdén. No sé cómo esperar flores en pleno ártico, ni cómo buscar paz en plena guerra. No sé inventarte excusas cuando sobran razones.
Yo amé al hombre que tenía la convicción de Marius, la estrella que era sol, el príncipe que me salvaba en todos los laberintos. Eras el mago de mis tinieblas, fuerza infinita en la que vivía. Yo amé, y tal vez amo aún, a ése hombre que ya no está.
Cómo amarte cuando lo has exiliado, cuando lo has dejado fuera, cuando lo veo sólo como espejismo, como burla cruel. Cómo amarte con toda tu autosuficiencia, con tus éxitos fingidos, con tu soledad que es abandono. Cómo amarte con tu predilección por el fracaso, por la derrota.
Me desperté y pensé con tristeza que ya no te admiro, no puedo admirar tu exilio obligado, tu estoicismo que parece escape, tu carrera en mi contra.
Me pregunté cómo podría amarte para seguir intentándolo, para encontrar ganas, fuerzas, insistencias que se me hubieran escondido ésa noche de tormenta. Me pregunté con desesperación para no ceder, para tomar valor, para no dejarte.
Pero uno no puede dejar lo que ya no le pertenece.
Ya no te amo. No puedo. Lo intento con fuerzas, busco indicio, pistas, pretextos o mentiras pero ya no alcanzan, se han terminado.
Queda mar muerto y marchito, queda el silencio que dejan las oraciones que rezaba por ti, queda el vacío del altar donde te adoraba, quedan las ganas de verte como dios, tú simple mortal.
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