Hoy soñé contigo: fue hermoso. Estábamos en un lugar amplio con flores, pasto, era como un edén más grande y solo. Me mirabas con esos ojos con tanto café, me acariciabas el rostro y te acercabas suavemente a besarme la cara. Pasaban los minutos y yo sonreía muda para no romper el hechizo, cerraba los ojos y me entregaba a tus manos: tus dedos escavaba la espesura de mi cabello, bajaban por la línea de mi cara y llegaban a una barbilla que se dejaba caer sólo para sentir como la sostenías. Todo estaba en la punta de tus dedos, veía tu sonrisa aún a través de mis párpados cerrados, olía tu paz, el sentimiento incondicional con el que tocabas, como si fuera algo que se podía romper ante tu brusquedad (lo cual es cierto).
Mi instinto vencía al miedo y al rozar tu piel los labios se trataban de aferrar a ella. Tu barba de días me dibujaba líneas, trataba de guardarme en ese rincón en el que tus labios aún no son sonrisa ni tormenta. Jugaba con tu barbilla como si fuera un chocolate pequeño y amargo. Quería que tu boca besara mi boca.
Tus manos no podían mentir por ti, se te escapaban y tomaban con fuerza mi cintura o mi cuello. Cerrabas los ojos para no aceptar que estábamos jugando un juego terrible y perverso.
Para no dejarte llevar, tu boca buscaba el ángulo de mi cuello que me deshace la espalda, que se derrite hasta las rodillas. Tu afán me acercaba y a mi se me salía la respiración como en pequeñas ráfagas, como si fuera viento que borrara los miedos.
Pero no los borraba, los hacía más grandes y tu frente me buscaba la boca, quería que la cubriera, que la santificara. No había forma de evitar que acabara. Esa idea se empezaba a colar entre nosotros, era un juego pequeño en el que teníamos que perder los dos. sentía tus ojos cerrados y tu boca era una ruta dibujada para mi dedo, un dedo elegido de entre todos para trazar esa ruta sagrada de la que se escapaba el aire que ya no es mío.
Abría los ojos y sorprendentemente estabas aún ahí, sonriendo como si nada. De otro lado, de un lugar que no era ese y con tu voz que no decías oía que no querías, que era por que no querías, de otro lado más lejano oía que tienes miedo y que te equivocas. De ahí, junto a mí, me mirabas con esos ojos con tanto café
El café me quita el sueño, pero me encanta
Me hablaban esos labios que dibujaban la ruta de mis dedos y mis oídos recibían tu voz como si fuera una invención sonora de una realidad en la que ya no sabría cómo creer.
-Te amo- decías y eran palabras que me hacían temblar
Te amo- decías y yo ya lo sabía
Te amo- y yo sabía que tenías miedo y que era lo que me querías decir
Te amo- y yo sabía que querías decir cosas que no querías decir
Te amo- decías y yo ya no quería mirarte
Te miraba y me respondía la ternura de tu mirada.
Te amo, pensaba y -te amo- respondías como si me hubieras oído.
Adivinaba lo que ibas a decir y me abalanzaba sobre ti para evitar que lo dijeras, te besaba con más fuerza y desesperación, entregando las fuerzas con las que quería que no te fueras, conteniendo las fuerzas de mis lágrimas, evocando las fuerzas con las que nos amamos. Con fuerzas, todo era con fuerza, para que todo saliera bien: había que ser fuerte, muy fuerte, fuerte por los dos por que tu tienes miedo.
-Vas a necesitar fuerzas- decías y yo sentía que las perdía todas y quise, y fui, la niña indefensa que llora en tus brazos, que se quiebra que tiene tanto miedo como tú pero no quiere tenerlo.
Algo me cerró la boca y no me dejó gritar, llorar, gemir. Decirte que te amo y todo eso que es tan largo.
Qué bueno.
Después de todo, después de mucho, ahí seguíamos acostados, abrazados para no hablar y no pensar, concentrados en una cercanía inerte y frágil.
-¿Me amas?-
-Te amo
-¿Cuánto?
-De aquí a Tijuana donde esté un burro disfrazado de cebra, de Tijuana a San Francisco en el AT& park, de ahí a Uruguay a la casita pequeña donde viviríamos y de ahí a la luna si ahí quisieras ir y de regreso.
-Segura
-Sí
- Y entonces porqué me dejas no amarte, por que me dejas ser así
Es cierto, no eres el hombre que amo, eres la mitad y no más. Y te dejo, te dejo no amarme y que no me ames, sabiendo que no eres feliz, que huyes. Y yo juego a este juego del miedo, te dejo tener miedo y lo tengo contigo, por eso en sueños me reclamas, por que sabes que está mal.
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