20 12 12

Sé qué te extrañaré. Todos los días te extraño un poco a cada rato, un poco más a ratitos y un mucho más de vez en cuando.

De vez en cuando no puedo soportar saber que te tuve y que te perdí. Sé, literalmente, que ya no encuentro el otro cabo de esta cuerda que nos unió, no puedo verlo para amarrarlo y seguir atada a ti, lo corté y solté y ahora lo he perdido y con él a ti, por más que busco en la oscuridad no lo veo y me da la sensación de que tú lo estás alejando así que mejor espero, espero a ver si regresas y lo pones en mi mano, temblorosa. En esos momentos es como sentarme en el rincón de un habitación muy oscura, escondida para que nadie oiga mis sollozos

A ratitos me siento y tristeo por tu causa, te menciono y hago participe a alguien de mi pena, alguien a quien en menor o mayor medida le vale súper madres que me muera o no por ti. Un momento me siento triste, si a esa persona le vale menos madres me acaricia, me acuna y comparte mi pena, pero no es lo mismo, a mí me dueles aquí, aquí en el corazón, profundo en el pecho, justo debajo donde me escurren estas lágrimas; a ese otro le duele en mí, por encimita nada más. Sé que pasará, que uno tiene que sentir esta poca tristeza sale de no sé dónde así que respiro profundo y sonrío, pienso que seremos felices cada quien por su lado y que esto es lo mejor: por eso lo haces ¿no?

A veces te extraño tan poco que hago como si ni te extrañara, como si ni siquiera me importara: algo me recuerda a ti y hasta sonrío ante el placer de hacer algo sin ti. Gozo la autosuficiencia de no saber de ti, la libertad de no poder llamarte ni buscarte. Me río cruelmente pues sé que no te llamo porque tú no quieres y pienso en toda la diversión que cabe en tu ausencia. A veces, el cinismo me juega una malas pasadas y por un momento lloro, lloro en silencio y sin lágrimas. Lloro un llanto pequeño y ridículo al ver como la diversión (tan inocente) ha llenado tu espacio. Y no importa porque no estás y mejor río que llorar, mejor gozo que sufrir, no hay nada que pueda hacer, todo lo que podría no quieres que lo haga, ni siquiera dejarías que lo intentara, odias mis métodos, no crees en mis principios, me juzgas por cruel como si no me conocieras. Sé entonces que la alegría es un consuelo, al menos soy feliz... a veces... por lo menos a ratitos. Por lo menos a ratos olvido que me haces falta, que no estás pero sobre todo que no quieres. 

A veces, muy temprano, me pregunto qué debería hacer, cómo. Luego de repensarlo por centésima vez, me convenzo de no hacer nada, de dejarte, de cargar con la culpa inmensa de haberte dejado. Trato de consolarme, entonces, pensando que hice todo lo que se me ocurrió y que más no quisiste que hiciera, que he tratado de hacer todo lo que creí correcto, que te rogué y que insistí y que no funcionó, aún ahora pienso y no sé qué más hacer que nada...nada...  ya no me queda nada.  Siento entonces que tú me has dejado y ni eso: yo te dejé y regresamos al círculo vicioso de las seis am. 

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