200512

Amor:

Te voy a contar un cuento, es sobre un burro y una cebra, la cebra se llamaba Élitro. Pues podría decir de Élitro que era igual que todos, como todos lo somos, pero lo difícil en ella es que no lo era: ella había nacido sin rayas. "Grave cosa", dirías tú, pero no, ella era muy feliz precisamente por ello. Ella, como era blanca, podía permitirse ponerse cualquier cosa encima. Claro, una cebra con rayas se podría ver hasta vulgar con algún accesorio y por lo tanto lo evitan (las cebras son muy elegantes y nunca pierden el estilo. Pero Élitro era blanca y parecía más bien un caballo pequeño y marmóreamente blanco al que cualquier extravagancia se le podía perdonar, no era para sorprenderse cuando llegaba con pequeñas plumas en el pelaje, con hojas y cuerdas colgadas, pintada con tierra o polvo encontrado por ahíella era así y era tan feliz que, sin afán de presumir, se daba el lujo de sólo jugar todo el día, toda la noche y así. Las otras cebras de su manada la veían unos con envidia y otros con compasión y es que en principio todas la cebras nacen blancas pero ella... pues seguía siendo blanca. Cuando una nueva cebrita ve la luz, siempre es totalmente blanca y al pasar de días, o tal vez semanas, se le empiezan a ver suaves líneas que con el tiempo le forman su característico traje a rayas. Pero Élitro ya no era del todo un potrillo, joven, eso sí, pero no un potrillo. Ella era una cebra diferente, cada algunas generaciones nacía una cebra que sólo adquiría las líneas al sentirse enamorada.

Sabes, Amor, lo que es estar enamorados? Nadie amor, nadie, yo sólo sé decirte que yo te amo a ti.

En general no era tan grave, ya que hasta la fecha nunca ninguna cebra había muerto blanca, no hasta donde la memoria pudiera recordar, pero todos saben que cuando se trata de amor nunca se debe sentar la esperanza en supuestos. En realidad la cosas era que aunque nunca se había dado el caso, lo cierto es que Élitro era un poco distinta, nunca antes, o tampoco se recordaba, a alguna de esas cebras le había dado por decorarse y, aunque a todos les gustaba como se veía, eso la hacía distinta... ser distinta no siempre es bueno para construir algo que se funda en los parecidos, ... como amar. Amor, esta carta se alarga y pues la historia de la cebra tuvo un desenlace más bien rápido. Un día paso cerca de la cebra que, para variar se acicalaba, un burro, un burro café como hay muchos. Élitro, que nunca se aguantaba la curiosidad, fue a preguntarle de dónde venía, pues ella nunca había burros por ahí, sí en otros lados pero nunca ahí, y eso hacia al rucio distinto. A la cebra le salieron rayas con velocidad y ella lo notaba y le parecía tan natural como ponerse plumas u hojas. Fue tan rápido que a ella apenas le dio tiempo de contar sus novíssimas rayas, eran siete: una que le nacía en la frente y le corría sobre la crin hasta diluirse blanca de nuevo, ahí la miraba el burro para sonreír mejor; una en la pata trasera, desde la coz nacía como flecha del lugar con el que pisaba las rocas cuando el burro le hacía perder la paciencia; una en el costado sobre el que el burro se recostaba para explicarle las estrellas; una sobre el vientre, en el que él hurgaba para sonrojarla; una casi invisible que le delineaba el ojo que ella le guiñaba al jugar y tres más anudadas sobre sí mismas, enroscadas sobre lunares y que le formaban las puntas de un triángulo en una pata delantera, estas las miraba cuando sin percatarse pensaba en él. Pero los burros no nacen para jugar como las cebras, sino para trabajar y él no era la excepción sin importar cuantas cebras ni que tan coloridas, encontrara. U día después de mucho jugar se fue para seguir trabajando, la cebra lo distraía y él en su infinita terquedad no supo ver su desesperación. El día que se fue las cebras vieron condenada a Élitro pero nadie lo dijo, ella no oía... a decir verdad no oía, no veía ni podía hablar.

 Lo peor no fue el abandono sino verlo, sus rayas se despintaron: primero las tres últimas en salir, luego las demás. Cuando se vio en el reflejo de un río sin su raya en la frente vio la certeza de su tristeza.

Perdóname, Amor, solo vine a contarte una historia triste. Adiós Amor, adiós.

S.E.B.

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