240412

Tu pecho es ese lugar sagrado al que quiero regresar siempre, en él he sembrado el árbol de mi paz, sobre las mansas aguas de tu palpitar quiero descansar tras las tormentas. Con el tiempo, he aprendido a hacer de tu cuerpo mi templo, no de lujuria ni deseo sino de secretos de encanto, guardo en sus rincones las figuras de barro con las que te adorno, no las ves pues te las he dibujado entre sábanas suspiros ahogados en la madrugada. Y no es en serio un afán carnal el que me mueve entre tus piernas sino un constante olor a resguardo, a sitio sagrado de escape, a infinita conciencia de lo que no me pertenece. Y es que son tus sabores sensaciones de lo ajeno en mi lengua, recuerdos de una conquista eterna y constante en la que la fuerza a veces interviene más con la sensaciónde protección que de despotismo. Y cuando entre tus brazos cede mi cadera, es la curvatura de un deseo muy antiguo, de un miedo que a veces se rebela. En cosas del cuerpo se involucra fácilmente a la lujuria. Quiero aclararte algo, dejo de lado el intenso deseo de tu sexo entre mis piernas, hablo de esto que involucra tu desnudo como realización física de mi posesión. Saberte en el tacto sin barreras, tan entero y puro como puedo tenerte, para poder aferrarme a tu olor de flores perfectas, marchitas no en la triste y decrépita invasión de la muerte sino como retrato perfecto de una madurez cercana al fósil por su transparencia. Sé que no me explico, pero me sabes en esos abrazos de flor perfecta, congelada no en un pueril y extravagante momento de luz sino que me pertenece en una penumbra que me defiende del sol, como ya más allá de vanidades adolescentes y segura aunque aún no muerta. Las flores marchitas son flores maduras, la misma hojarasca tiene más vida en su implícito otoño que cualquier primavera plástica. Pienso en una calma que me proteja, no un colorido que sólo me rete a la extravagancia sino a un como nido en el que acunarme, en tus brazos que me reciban con ese femenino tacto con el que me proteges. Pienso en tu cuerpo como rincón en el que caben mis ingenios: los crueles y los lúcidos y alegres. Eres el infinito sobre el que respiro, camino que siempre me lleva al principio. Por eso recorro con solemne paciencia tu cuerpo, para llegar a tu frente, inicio del sendero en el que escondo estas ansiedades de loca que me amenazan en tu ausencia. Tú única falta será siempre faltar a veces, faltar porque la vida aún no me deja dormir entre tus piernas, porque la vida está llena de eventos con invitación sencilla, porque a cada paso me doy cuenta de que está vida no está hecha para caminar mientras te abrazo. Y en estas noches tan culpables por ser tan claras, se me viene a la cabeza esta neblina que te aleja de mí. Tu cuerpo, útero tan masculino que es cuando me acunas, no está: las vueltas en la cama toman ímpetu de frenesí, entre los manotazos que se enredan y me asfixian no hallo tu sabiduría de tauro, tu fuerza de terco empedernido y agradezco tener manos para aferrarte y las maldigo por no hacerlo. Eres, y no sé cómo, espacio sagrado de mi paz. Se guarda bajo tu peso, el secreto para desterrar las neblinas de mis sueños. Y reconozco al mirarte que no hay forma de pensar que hay más lugar para adorarte que ese espacio crepuscular en el que te adivino entre sombras y te siento en la nariz a cada respirar mientras duermo.

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